En pleno Pirineo sorprende la estampa impactante de este palacete modernista, enclavado en un pequeño pueblo de la Cerdanya, muy cerca de la frontera francesa y a pocos kilómetros de Puigcerdà.
Rodean el edificio un magnífico jardín, una cuidada zona de piscina con césped y una huerta en cuyas tareas pueden participar los huéspedes.
El interior reúne una notable colección de elementos arquitectónicos y ornamentales, como vidrieras, estilizadas columnas y ventanas con formas ovaladas. Una decoración elegante y cuidada hasta el último detalle, con guiños al diseño y la modernidad, reciben al viajero en las zonas comunes. Entre ellas destacan el vestíbulo circular y el comedor con grandes ventanales. Dispone además de salón de estar, bar, cafetería, sala de reuniones, gimnasio, sauna y veinte habitaciones dobles con baño, algunas de tipo suite.
El restaurante, a tono con el resto del hotel, ofrece una fusión entre la cocina clásica y la de autor, con productos que a menudo provienen de la huerta propia y unos postres que han conseguido varios galardones, todo ello acompañado de una rica carta de vinos españoles y franceses.
La elegante construcción, con una bonita escalinata de acceso y una llamativa fachada, fue el regalo de un banquero de la burguesía catalana a su hija, que la habitó desde 1910 hasta los años cuarenta.
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